sábado, 5 de abril de 2008

El secreto de los indios


Las ocho en punto de la mañana. Fui directo al bazar a comprar el regalo de mi hermana. Era el primer cliente. Regateé un rato con aquel hombre moreno, menudo y de grandes gafas. Mientras su bigote todavía titubeaba, salí del comercio con la radio por mucho menos de lo que costaba.

-Preséntate nada más abrir.

-¿Por qué?

-Los hindúes tienen la creencia de que el primer cliente que entra en su tienda debe llevarse algo, sino afectará negativamente a las ventas de ese día.

-De acuerdo, mañana me planto en el establecimiento a primera hora. Espero que me haga un precio.

Mi vecino había viajado mucho. Tenía mucho que enseñar sobre la vida, pero en realidad era listo. Se puede ir muy lejos y no traer nada de vuelta. Ramón era uno orondo treintañero de ojos pequeños y poco pelo. Un tipo singular con un gran corazón.

-Said, le hablé a mi vecino sobre la norma que tenéis del primero cliente que entra en el bazar.

-Te dije que no se lo contases a nadie. Nunca me haces caso Ramón. ¿Crees que mi religión es una broma?

-No tiene mucho dinero y necesita un buen regalo para su hermana. Vendrá mañana. De todos modos le habrías hecho un precio al entrar el primero. Sólo te lo advertía para que lo trates bien.

-¡Encima! Sabes que intentaré que se lleve lo que sea a cualquier precio. Mira, deja de hacerme favores con clientes que se aprovecharán de mí. Incluido tú. Ya no recuerdo la última vez que viniste a comprar nada por la tarde. Desde que te conté lo de la mala suerte siempre apareces a primera hora de la mañana.

-Hombre, para que le hagas una rebaja a un desconocido se la haces a un amigo, ¿no?

La radio será el mejor regalo que le hagan. Desde que mis padres se jubilaron nunca están en casa. Pasan la mitad del tiempo en el pueblo y la otra viajando a sitios cuyos nombres no sabía que pudiesen ni pronunciar. Y mi hermana, la pobre. Todavía no ha terminado el instituto y casi vive sola. La visito todo lo que puedo, teniendo en cuenta que desde que salí del nido me niego a volver más de dos días seguidos. Con la radio será como si alguien le hablase. No puedo estar llamándola a cada momento. Y quizás le pique el gusanillo por aquel módulo de técnica de sonido.

-Las ondas hertzianas me llevan hasta vosotros. ¿Mis palabras resuellan en vuestras memorias sonoras? Esta mañana tenemos en antena a Esteban, el comprador de la radio para su hermana. Por favor, Said, apaga el aparato que está apunto de entrar en la tienda.

Los locutores están cada vez más locos. Parecía como si hablase conmigo. Pondré una emisora de música. ¡Bien! Suena Hotel California. Bonita canción para recibir al chico que entra. Será el vecino de Ramón, a ver por cuánto me sale el favor de los dioses.

-¡Hola! ¿Acaba de abrir? ¿Soy su primer cliente?

-Sí, Esteban…

La canción de la radio paró de sonar y se volvió a escuchar la voz del transistor dirigiéndose a los dos.

-¡Hola Said! ¿Esteban? Espero que hayáis tenido un agradable despertar. Ahora aparecerá Ramón para que hablemos los cuatro. No os asustéis, os conozco bien. Soy quien guía vuestras acciones. Ha sido fácil llevaros hasta la tienda y reuniros.

-Te equivocas en algo. Nosotros te reunimos aquí para hacerte salir de tu anonimato. Ahora mismo hay cinco ángeles frente a tu puerta, vieja loca. ¿Creías que un arcángel puede dominar el futuro de la humanidad? No te servirá tu aspecto humano.

Saúl cerró el cómic mientras observó que el indio de la esquina acababa de abrir. Su autobús pasaba en 30 minutos y decidió probar suerte.

-¡Hola, buenas!

-¡Buenos días! ¿En qué puedo ayudarle?

-¿A cuánto tiene los discos vírgenes?

-A un euro y medio.

-Le doy 70 céntimos por cada uno.

-¿Qué? Mire, por ser mi primer cliente se lo dejaré en 90 céntimos.

-¡80 y no se hable más!

-De acuerdo, ¿cuántos quiere?

Enfundé la pluma y dejé de dibujar. Los diálogos de Salomé eran extraños pero vendían números. A los chavales les encantaban aquellas historias de casualidades. Miré hacia mi derredor e intenté que el dibujante no se percatase de que me perfilaba los trazos que no me gustaban. Mañana tocaba el color, una parte sencilla porque no requería de mucha creatividad sino de técnica. En este número tendría que salvar a la Princesa Voz de su muerte a manos de unos supuestos ángeles. Le intentaban hacer creer que ella era un arcángel. Cuando en realidad era la creadora de la vida y el futuro. Una inventora de realidades en las que había decidido intervenir. Su premisa era defender los cambios precisos en la vida, para que todo fuese mejor. El mundo había aceptado que algunas veces los acontecimientos no fuesen un cúmulo de casualidades. Estaba bien que alguien interviniese como una especie de Dios.

Cerré mi cómic tras leer la escena en la que el chico conseguía los compact disk más baratos. Pensé en el nuevo disco de Calidoscopio, mi grupo favorito. Así que me desperté temprano y fui a la tienda del indio de mi barrio. Había otros diez chavales más esperando. ¡Increíble! Corrí hasta la calle contigua en la que había otro negocio más escondido. No era el bazar de un hindú, sino el de unos chinos. Quizás la norma fuese extensiva a otras culturas. Los orientales también tenían fuertes tradiciones muy arraigadas todavía. Y allí sí que no había nadie, era el primero.

-¡Buenos días!

-Hola, qué tal. ¿Tiene el disco de Calidoscopio?

-Sí, vale 20 euros.

-¡Imposible! No tengo tanto dinero.

-Pues vuelve cuando lo tengas. No puedo hacer nada por ti.

-¿Por qué no me lo deja en 12 euros?

-Nosotros no somos como los indios. El precio siempre es el mismo.

Saqué mi pluma y el cómic. Le mostré mi DNI y le expliqué que yo era el dibujante. Que tal vez en el próximo número explicásemos algo de su cultura que beneficiase a la nuestra y todos irían a sacar beneficio de la situación a su local.

El hombre encendió una vieja radio de la que manaron las palabras de la Princesa Voz. Cuando miré hacia la puerta entró la Princesa Voz en persona. Replicó que no la volvería loca, que yo era el arcángel. Me habían vuelto a descubrir. Voz sabía que la única que podía alterar el curso de los acontecimientos era ella. Pero había conseguido que se mostrase para acabar con ella. La liquidaría y así volvería a retomar el curso de mi vida. Dictaría mi futuro por completo.

-¿La escena cambia de nuevo?

-¡Voz, aquellos dos no se ponen de acuerdo!

Sentí el miedo del dibujante, miré hacia el espejo y descubrí que estaba a punto de borrar uno de mis bocetos. Sujetaba una goma verde y empecé a olvidar la escena anterior, como siempre ganaría la princesa.

200 pedazos de mí

-¿Cuándo lo harás?

-El próximo lunes, no habrá mucha gente.

-Podrían meterte un puro, ¡cuanta menos gente te vea mejor!

-Quizás… Los policías franceses no se andan con tonterías.

-¿Sabes que hay unos policías únicamente para el metro?

-Sí, aunque nunca los he visto a partir de las 10 de la noche.

-¿Y ya tienes preparados los carteles?

-Sí. Tengo unos 200, por si acaso.

-¿Cómo lo has hecho?

-Espera, te enseño uno.

En un folio en vertical había dibujado una chica con el pelo hasta los hombros. Se estaba cubriendo los ojos con las manos y entre los dedos semiabiertos se veía parte de sus enormes pupilas. Estaba dibujada hasta la cintura, en blanco y negro. Debajo había pegado otro folio, también en vertical, que continuaba el dibujo en el que había escrito un poema en letra grande. Al final del mismo, estaban dibujados únicamente los pies. Pero las 200 copias no eran exactamente iguales, había una variación importante: el dibujo era el mismo, aunque había ensamblado distintos poemas en el folio vertical que continuaba la cintura de la chica. Había 10 poemas distintos que en realidad componían una poesía completa.

-¡Está muy bien!

-Bueno… Ya sabes que yo escribo, lo de dibujar no es precisamente lo mío. Hice lo que pude.

-Me parece muy buena idea. Espero que consigas lo que quieres…

Fue hasta la línea 13, por aquello de que no creía en la mala suerte, sino que más bien la desafiaba. La famosa línea en la que más parisinos se quitaban la vida cada año. Entraban en los túneles del metro, se adentraban hasta un tramo en el que el metro llevase la suficiente velocidad y se arrojaban a su paso. El peligro de realizar la misma operación en alguna parte del recorrido, en la que el vehículo subterráneo no llevase mucha velocidad, era que el impacto podía mutilarte o dejarte maltrecho, pero no matarte.

Tengo miedo

a la locura

de ser feliz

y que me amen.

En la primera estación pegó una veintena de carteles en distintas paredes y columnas. Los fue pegando de manera que los pasajeros del metro pudiesen verlos desde dentro. Para que la sensación de continuidad, entre la parte del poema de una estación y de la siguiente, fuese clara.

Por supuesto, quería llamar la atención con la particularidad de que sobre la poesía estaba el dibujo de la chica. Sabía que sería difícil competir con las pintadas y carteles que inundaban cada rincón. Llegaba un momento en el que tanto bombardeo de información creaba en la gente la capacidad de abstraerse de cualquier mensaje. Pero ansiaba aportar algo y producir una obra de arte, en vez de un acto vandálico. Ayudado por el reclamo de la chica, a nadie le podría pasar desapercibida la poesía adosada en letras grandes. Eran frases cortas e incluso había probado en su casa a leer el trozo de poema andando, como un peatón que la viese por sorpresa, para ver si daba tiempo, sin pararse, a leerlo. Sabía que mucha gente utilizaba el metro como medio de transporta para ir y volver del trabajo. Gente que iban demasiado acelerados para fijarse en nada, algo muy normal en una gran metrópoli.

Tengo miedo

a unos labios

que roben

mi fortaleza

y desmonte mi armadura.

En la segunda estación no había casi nadie. Ya eran las diez de la noche. Un lunes de enero era el mejor momento para hacer algo parecido sin tener mucho público.

Amén a los hombres

que exponen sus corazones

a riesgo de perder

su alma.

Estación tras estación se iba descubriendo la continuación del poema, en perfecto francés, que le había traducido un amigo, bastante ducho en atentados y motines culturales. No tardaron mucho en traducirlo, el primer mes del año nuevo. Después de un diciembre muy difícil. En enero nevó sólo una vez en la ciudad de la luz, el mismo número de veces que había sucedido algo bonito que hiciese mella en su corazón. Así que al terminar de traducir el poema, también estaba listo para realizar su obra maestra.

Después de una tediosa hora de espera en la butaca de su abuela apareció el dichoso gato. Manchado de barro hasta las uñas y con su original pelaje anaranjado plagado de calvas. Dos semanas eran demasiado para creer que volvería a verlo, simplemente esperaba la llegada de su abuela, inventando explicaciones cada vez más descabelladas sobre la desaparición de su pequeño felino. Momento que cambió sustancialmente su vida ¿Pero qué tiene que ver un gato con una decisión que pueda cambiar una vida? Mucho, aunque no lo parezca. Lo explico: cuando encontró el gato fue cuando creyó que había tocado fondo, pero únicamente lo creía, en realidad todavía no había llegado hasta el fondo del pozo. Cuando llegó su abuela había limpiado al animalito. Seguía con calvas y oliendo mal, pero por lo menos seguía vivo.

Dos semanas antes, había organizado una pequeña fiesta en la casa, la cosa se desmadró más de la cuenta y, al día siguiente, Peluso ya no estaba. Algún cabrito de los que vino a la fiesta se lo había llevado. Quizás creían que le habían hecho un favor, porque fue el gato que le regaló su novia cuando se comprometieron. La cuestión es que como no tenía casa fija, decidió dejar el gato en casa de su abuela. Era la única familia que tenía en París. Había emigrado durante la época franquista a Francia y se había quedado allí a vivir. Al intentar recuperar al gato, después de dos semanas, su abuela se había encariñado tanto con el animal que fue incapaz de arrancarlo de su hogar. Pero claro, al dejarle la novia, casi en el altar, por aquella chica tan guapa de su trabajo, tuvo un dolor tan intenso que todo lo que le recordase a ella había ido a parar a la basura. Excepto el gato. Con su contoneo de cola y aquella independencia, le recordaba que Lucile se había aprovechado de él. Le había amado hasta que, casualmente, perdió el trabajo, su futuro y un poco el norte. Todo eso antes de la boda. Resumiendo, se fue, como el gato, a donde pudiesen alimentarla bien. ¿Y qué tiene que ver todo esto con el poema? Pues que se dio cuenta que el animalito volvió a él, aunque magullado y desecho. Su mirada le dio a entender que le perdonaba no haberle dado de comer durante cinco días, antes de la famosa fiesta. Y que tal vez nadie lo hubiese secuestrado, sino que aprovechó para escapar. Así que decidió que tenía que hacer algo para que Lucile supiese que la seguiría esperando. Que quizás le había dejado porque ya no le daba de comer, pero en el sentido espiritual… Por eso ella también había escapa y quizás, como el felino, fuese capaz de perdonarlo.

Mi maltrecho corazón

Ya no es capaz

De volver a amar.

Salió de la última estación tras colocar la décima y también última parte de su poema. Había firmado con el nombre cariñoso con el que le llamaba Lucile, para que supiese que era él. Al día siguiente todo el mundo comentó aquella obra de amor del metro de París. Incluso los medios se hicieron eco del suceso, Lucile también, aunque nunca se lo contaron a nadie. Fue para siempre su más preciado secreto… El más doloroso y el más bonito.



PUBLICADO EN: DESTIEMPOS.COM

La vida secreta de un pájaro

Nací en el seno de una familia acomodada. La Guerra Civil española nos sorprendió, como a todos. Yo me hice rojo y mi familia fascista. Antes de la llegada de las tropas de Franco hasta Madrid, me alisté en el ejército. Dejé mis estudios de medicina con Gregorio Marañón, una eminencia que me hubiese hecho llegar muy lejos. Comencé a entrenarme en un campo de aviación, hasta que después de destrozar varios aviones me hice piloto de cazas: volaba Moscas. Derribé varios aviones en combate aéreo, aunque mis compañeros decían que si Franco hubiese sabido cuántos destrocé en mis entrenamientos, también me hubiese dado un par de medallas. Al final, las tropas franquistas se hicieron con el control. Resistimos lo que pudimos, pero tuvimos que huir. Cogí mi avión en Zaragoza y lo estrellé poco antes de llegar a los pirineos aragoneses. Allí robé una gallina en una granja, me la puse bajo la chaqueta para darme calor, y pasé los pirineos andando hasta pasar la frontera francesa. El campo de concentración era un lugar fascinante… Gracias a mis estudios de medicina logré colocarme en la enfermería. Traficaba con huevos que sacaba en cazos de leche. Luego los revendía dentro del campo. Los guardias hacían la vista gorda porque luego los atendía en cualquier momento.

Después de bastante tiempo decidí volver a España. Mi familia perdió toda su fortuna cuando Franco me apresó y quisieron liberarme. Me torturaron de mil formas para que les dijese cuántos aviones derribé y a cuántos ejércitos había bombardeado. Al final me soltaron, gracias a mi familia, y encontré un trabajo de camionero para pagarme mi carrera de medicina. Descargaba graba en el Manzanares. Pero ya estaba en la lista negra del Generalísimo y no volvería a pilotar nunca más un avión. Así que cuando terminé la carrera me fui a Tánger. Allí me dejarían volar libremente.

En Tánger tuve bastantes problemas, aunque me hice con un nombre como médico y aviador, otro como gran persona. Después de atender a los pacientes en mi consulta privada iba directo al pequeño aeroclub que había en la ciudad marroquí. Pagaba mis vuelos dando clases particulares. Así tenía la excusa perfecta. Aunque en realidad yo era el que pagaba casi todos los gastos del pequeño aeroclub, sosteniendo mi verdadero amor: volar.

Siempre creí en Dios, aunque los budistas hablaban de una reencarnación. No sé bien dónde ando ahora. Supongo que esto es el cielo. Tras mi accidente de avión no recuerdo casi nada. Tuve que morir al instante. Siempre decía que cuando fuese viejo iría al aeropuerto a ver, simplemente, volar a los aviones. Nunca creí que Dios me enviase al cielo. Ahora soy un pájaro negro, en realidad no sé de qué especie, aunque no temo por mi vida. Soy un poco más grande que un cuervo. Vuelo donde quiero. Con mi cuerpo, en las corrientes de aire, en las fluctuaciones… Todavía sigo en la tierra, supongo que habré dejado algo importante por hacer… Estoy cerca de los que algún día quise. Simplemente los observo, no puedo hacer nada. Sólo dejar que me vean. Creo que alguno ya se ha dado cuenta de mi presencia. Aunque ningún tipo de comunicación es posible. Sólo siento sus alegrías y tristezas. Intenté gritarles, pero ya no hablo como un humano. Únicamente, aquellos con una gran sensibilidad han sabido captarme. Con mis alas, batiéndolas en mis vuelos, consigo trasmitirles ideas a través del aire, aunque sólo me comunico con su parte interna, su subconsciente.

Hay quienes creerán que el cielo es convertirse en esencia, en energía… Éste es el cielo que yo siempre soñé, volar…

2011, crisis mundial

2007: una economista predice la siguiente gran crisis económica que vivirá el mundo. En la entrevista por televisión explica que la economía es cíclica y por eso hay altos y bajos. “Ahora estamos en un punto intermedio yendo hacia abajo”.

2011: la crisis ha llegado… Pedro acaba de perder su trabajo de camarero. Uno de los sectores que más se ha visto afectado es el turismo. La Costa del Sol ha dejado de ingresas ingentes cantidades de alemanes, ingleses, franceses, etc. Pero no es sólo debido a la crisis que acusa todo el globo terráqueo. También es por el recalentamiento del planeta. Ni siquiera aquellos que tiene dinero necesitan ir hasta las playas andaluzas. Las temperaturas de centro Europa son tan altas que en cualquier parte de Noruega pueden bañarse y tomar el sol en su propia costa, incluso con peligro de achicharrarse. Ni siquiera llovió en invierno.

Las imágenes del crack del 29 se repiten en las bolsas del mundo. Los broker arrojan miles de acciones sin valor al parqué. También se clonan los saltos al vació desde altos rascacielos. Los canos cabellos de las grandes fortunas terminan arrancados por las incesantes quiebras de sus empresas. La economía mundial sufrirá un receso de varios años, avisan las noticias en los países.

Ya no hay más petróleo que robar porque los pueblos están bien armados. Y las leyes que creó el nuevo mundo, tras varios ataques desmedidos a los países árabes desprotegidos, dio lugar a códigos que salvaguardan su riqueza natural. Aún así, Irán sigue suministrando petróleo barato al resto del mundo, mientras los Estados Unidos guardan celosamente sus reservas. Ahora las tendrá que utilizarlas para levantar las ruinas que ha dejado el sobrecalentamiento del dinero. Por su puesto, nunca dejaron que existiesen los petroeuros, la crisis hubiese llegado mucho antes…

A Pedro le da igual la bolsa, el petróleo o el recalentamiento de la Tierra. Es un hombre de 47 años que no sabe cómo hará para alimentar a su familia. Después de trabajar durante 15 años en un hotel lo han echado. La empresa se ha declarado insolvente. Igual que él, el sector de la hostelería del que vive casi toda Andalucía está cabizbajo. Cientos, miles, millones de personas han perdido sus empleos y tampoco tienen la posibilidad de encontrar otro. El Estado ha tenido que declarar un mes sin sueldo a sus funcionarios para paliar la situación. Es impensable pedir ningún tipo de ayuda a los manda mases. También dejarán de pagar el paro durante tres meses. La gente comenzó a irse de nuevo al campo para cultivar y poder comer. Los antiguos pueblos y montañas se llenan de familias que duermen al raso junto a los pocos ríos o estanques que quedan. Las presas que abastecen las ciudades son uno de los puntos fuertes a los que también se acerca la gente a vivir. El agua se ha convertido en oro líquido…

Después de pelearme con decenas de personas para robar comida de las basuras, que mi mujer intentase quitarse la vida y ver llorar a mis hijos sin lágrimas (deshidratados), tuve la idea… Nos fuimos a vivir a la presa que hay junto a Málaga. Está casi vacía, pero todavía se puede beber agua. Después de varios meses con cagaleras, el cuerpo se acostumbra y parece como el agua mineral que vendíamos a los turistas en el hotel. Aunque a penas había comida. No había ni pájaros, la gente se comía hasta los insectos, igual que nosotros. Los escarabajos pueden llegar a ser muy nutritivos. Entre risas, una vez cada dos semanas, mi mujer y yo decíamos que cuando la cosa mejorase montaríamos un restaurante de insectos.

Vivíamos a la intemperie. Hicimos una pequeña parcela con unos trastos y acotamos el recinto. Después cuatro meses construimos una casa. Comencé a cobrar el paro… Todos, así que también recibimos ayuda de nuestras familias. Éramos de origen humilde, nadie nos pudo echar una mano en su momento.

Mi primer sueldo del paro lo gasté en comida… Seguíamos viviendo en la presa. No era suficiente para pagar un alquiler. Hice cuentas con mi mujer y creímos que sería mejor quedarnos algún tiempo más allí, para poder ahorrar algo y empezar desde cero. Nuestros tres hijos son fuertes y no han cogido ninguna enfermedad grave. Esperamos que aguanten algún tiempo más.

Pedro montó su empresa de agua a los seis meses. La idea era sacar H2O del mar, en unos barreños, y desalarla. Conoció a un químico y son capaces de echarle unos productos para que sea potable. El Sol hace lo demás, los rayos del astro tienen tanta fuerza que transforma el agua en vapor, sin mucho esfuerzo, quedando condensada en los laterales del barreño sin sal, hasta quedarse estancada en un doble fondo que tiene. Luego la venden como agua mineral de alta calidad, en botellas recicladas. No se han hecho ricos, pero hay dos familias que ya han vuelto a un edifico con luz y agua corriente.

Ahora somos muy españoles, más bien andaluces o incluso diría malagueños. En un principio parecía que el mundo estaba abriendo sus fronteras, era al contrario. Para lo único que no había fronteras era para mover el dinero. Al mismo tiempo, el trabajo fue siendo menos y los extranjeros que no venían simplemente de turismo empezaron a ser odiados porque robaban empleo. Me acuerdo que veía en la noticias que en otros países estaba pasando lo mismo con la inmigración. Cada cual defendía lo suyo, está claro. Pero ahora ya no se soporta nadie. Nos hemos vuelto más mini nacionalistas y más globalizados cuando se trata de recibir ayudas del Gobierno o de donde sea. Es lo que yo decía, esta mierda de patriotas nos van a llevar a la ruina. Claro, nadie quería dar pero tomábamos como fuese y de donde pudiésemos. Unos que si con su comunidad ganaba más dinero, otros con que eran más y tenían que recibir más... Pues nada, al carajo tanto chupar del bote y que cada uno se las apañe como pueda ahora. Solidarios, un huevo… Y si nosotros estamos jodidos, ¿los negritos y la gente esa del África o de los países pobres? Tienen que estar desesperados. Aunque aquí ni de coña. Ya somos bastantes… Que se vayan con los vascos o con los franceses, esos tienen la culpa de todo… Por ignorantes y querer quedarse solos. ¡Tanta leche del euro! Al final es todo lo mismo, pero sabiendo que tu euro vale menos que el del vecino. ¡No me jodas! Y ya ves para lo que nos ha servido tanta Comunidad Europea… ¿Dónde están ahora? Seguro que los parlamentarios no tuvieron que irse a vivir a una presa cuando lo de la crisis…

-¿Papá?

-Dime niña… Estaba pensando en la carta que les voy a enviar a los de Madrid cuando esté más calmada la cosa.

-Mamá dice que es la hora del partido del Málaga contra el Granada.

-Joder… Eso es otra, ahora tenemos hasta liga de fútbol en cada comunidad autónoma… Aunque esos cabrones manchegos… ¡Ya se verán las caras nuestras selecciones y se van a enterar!

2014: la carta. “… Eso, que si el mundo quiere globalizarse otra vez, señor Presidente, que sea de verdad. Que el dinero no puede ser lo que haga pueblos, tiene que ser algo más. Y no nos engañen con que tenemos una cultura y una no sé qué, que luego pasa lo que pasa y nos encerramos en nosotros mismos. Que al final son ustedes, señores políticos, quienes le meten a la gente ideas en la cabeza. Y todo adornado, claro. Así creemos todos que las cosas se hacen en pro de la cultura y luego es por otra cosa. Vamos, para llenarse los bolsillos cuatro pela gatos. Perdone por la expresión, pero es la forma más gentil que se ocurre para describir a esos hijos de puta que dicen palabras tan bonitas como: raíces, tradiciones, sin fronteras… cuando quieren decir euritos para el bolsillo.

Espero haberle ayudado, desde mi humilde visión del mundo. Ah, se me olvidaba. Dice mi vecino el estudiante que desde que terminó la carrera, hace doce años, sólo ha trabajado del albañil y camarero, que a ver qué pasa con eso”.

Atentamente,

Pedro Ramírez Keynes

“Si yo te debo una libra, tengo un problema; pero si te debo un millón, el problema es tuyo”, John Maynard Keynes.

11 pinochos en París


Era una mesa para 11 personas en la que había 7. El número 1, que era una chica y el número 2, que era otra, eran amigas. El número 2 tenía tantas ganas de que el 4 le hiciese caso que no paraba de estirarse mostrando sus tetas. Pero el número 4 miraba las del 10, la novia del 11, sin que ésta se inmutase aún dándose perfectamente cuenta. Es que el 10 era un poco calentona y le gustaba exhibirse, la verdad es que estaba muy buena. Incluso yo, el triste 5, rondaba las miradas de aquella vorágine de lamentos disuasorios para no estudiar, viendo si al final yo también pillaba cacho.

Sobraban 4 sitios en los que no había nadie. Varios números ocupaban, con sus enseres personales, más sitio del que les correspondía. ¡Ah! Estamos en una biblioteca y soy el número 5. El contador de un liguoteo en una mesa de biblioteca en París. En el área 16, en Neuilly, uno de los barrios ricos de la capital.

O sea, que allí todos dale que dale con las miraditas y yo venga que venga con mis libros. Entre tanto, qué yo no soy de piedra, qué me doy cuenta que una de las tías, el número 7, tiene un par de tetas que me harían un rey moro. Pero yo na, “que tengo que estudiar”. “Nada, luego pensaré en ella en el servicio de mi casa”. Y coge, con lo calentón que yo estaba ya y la tía del novio se enfada con él y se pira. Yo, que estaba al loro, me doy cuenta de la historia y pienso que ésa quiera mambo con quien sea, ahora más que nunca que está cabreá con el maromo. Y coge el cabrón del 4 y también se levanta de la mesa a no sé dónde. Claro, yo miro al novio del 10 y pienso que seguro que él también se ha dado cuenta quel hijo puta del 4 es un oportunista muy peligroso.

Pero na, el tío coge y se queda tan pancho estudiando. Hasta que me percato que no para mirarle también las tetas al número 7, “éste no pierde el tiempo, a rey muerto rey puesto”.

En los avatares de la conciencia, “ el sintiente” es pasto de la codicia. El número 4 y 10 estaban fuera de mi espectro visual. Como el saber puede más que yo, tuve que ir a ver qué pasaba. Salgo de la biblioteca a la calle por si están allí, con la excusa de fumarse un cigarro, para encontrarse. Nada, al llegar a la puerta veo al 4 solo. Así que me fumo un cigarro y vuelvo arriba. Sin hablar con él, lo vigilaba a distancia sabiendo que el plan le había salido mal. De camino hacia la mesa veo al 10 de pie, cerca de una estantería, consulta un libro de medicina. Imagino que conoce la forma de volver loco a un hombre con sus estupendos encantos. Es preciosa. Más francesa que buena y más bella que una flor. Tiene el pelo lacio hasta los hombros y el flequillo corto hasta las cejas. Un vestido de tela fina de color marrón insinúa sus curvas, aunque sus piernas embutidas en medias negras resaltan del corto de la falda. Sus zapatos de tacón hacen ruido cuando camina por el silencio de la biblioteca. Me mira, la miro, pero na. Me faltan pelotas para decirle algo, además sé que tiene novio. Aunque esto último lo pienso cuando me dio cuenta de que estoy cagao.

Llego hasta la mesa y recorro con la mirada todas las caras. Estudian, o eso parece. Vuelvo a sentarme haciendo como si nada. Miro al capullo del 4. Si yo tuviese

una novia como la del 11, ahora estaría metiéndole mano entre las estanterías. Ambos estudian medicina. “¡Qué asco, guapos y con buenos proyectos de futuro!”. Me da igual que vean que estudio carpintería, nadie se da cuenta porque tapo bien los títulos de los temas y del libro, aunque me da igual.

La madera da dinero hoy en día, los universitarios van al paro, mas sigue siendo un carpintero o un universitario. Estoy seguro que algún día podría terminar haciendo los armarios de su casa. Entonces aprovecharía para tirarle los tejos a su mujer. Aunque no lo creo, seguro que sería un calzonazos. Me pega, tengo madera, nunca mejor dicho. Ya lo tengo asumido. No tengo novia porque no me dejan. “Con lo bueno que soy en la cama”, eso me digo siempre. Con la cantidad de pelis porno que he visto…

Seguro que todos han pensado alguna vez en hacer piececitos bajo la mesa, teniendo cuidado de no equivocarte. Recuerdo que hay varias chicas con falda y tiro la pluma al suelo a propósito, me agacho y todas tienes las piernas bien cruzadas. Antes de que ningún tío se mosquee, sobre todo el 11 que está fuerte y tiene la novia junto a él, me levanto y las tías vuelven a relajar sus caras. Abro la pluma y la tinta se ha desparramado. Cojo un trozo de papel y la limpio.

Han pasado dos horas y sigo sin pegar chapa. El 4 le dice al 11 que a ver si quedan un día para tomar algo y mira de reojo al 10, me entero de que el oportunista estudia farmacia. Se conocen de antes, siempre coinciden allí. El número 1 y 2 están recogiendo para irse. Dicen adiós, “esas ya están en el bote”, me digo contento. Aunque

el 2 vuelve a mirar al 4. El 7 se había ido hacía un buen rato, nada más volver el 10. De repente, el tío que lleva la biblioteca dice a través de los altavoces que nos larguemos, que se van, pero algo falla y el hilo voz se apaga poco a poco mientras los que quedamos esbozamos una sonrisa. El 10 y el 11 recogen, la tía se va y ni me mira. Seguro que se está haciendo la dura y en el fondo le he gustado. Pero sólo quedamos el 4 y yo, que se levanta más rápido que yo y también se despide. Me quedo solo, miro los apuntes, no me sé na

La caja de música

Las notas volaban. Tres turistas daban vueltas a las manivelas de unas pequeñas cajas de música en la puerta de un comercio. Uno de ellos hizo sonar la canción de La Bohème. Se giró hacia los demás y dijo que había encontrado su canción. Recordaría París con aquella melodía.

Sus vacaciones expiraban al día siguiente y el Sagrado Corazón era lo último que deseaba contemplar. Después de visualizar detenidamente la basílica sin hacer una foto y pasar por la famosa plaza de los pintores que estaba al lado, sin comprar un cuadro o hacerse un retrato, encontró aquella tienda de recuerdos.

De regreso al hotel fue dando vueltas a la pequeña manivela de la caja de música haciendo sonar la canción sin cesar. Cuando habían recorrido tres paradas de metro una chica le dirigió una sonrisa. A la que él contestó con otra nueva vuelta de manivela. Pero al poco llegaron a su parada y se levantaron para salir del tren. Al irse se giró y volvió a observar a la chica. Movía los labios en intuyó que repetía la letra de la canción en silencio. Segundos antes de que se cerrasen las puertas volvió a adentrarse en el vagón sin saber porqué, ante la atenta mirada de sus compañeros a los que no les dio tiempo a regresar al vagón.

Tres años más tarde Roberto siempre celebraba su aniversario en París. Donde conoció a María, otra española que también andaba de vacaciones por allí. Por supuesto, en algún lugar en el que pudiesen escuchar su canción: La Bohème.

Subí al vagón y la miré detenidamente. Era una chica morena de ojos verdes vestida de negro riguroso. Tenía una bolsa de plástico de la que sobresalía una barra de pan. Me contemplo con cara de sorpresa y justo al intentar hablarle se levantó para sentarse al final del vagón. Así que se senté resignado, preparado a volver al hotel. Hasta que un chico que había sido testigo de la escena me explicó que las francesas podían ser muy estiradas. Me contó que él vivía en París hacía unos meses y que ya estaba acostumbrado a ver cosas así. Seguramente le di un poco de pena y me sugirió que si quería conocer a alguien que le acompañase. Estaba invitado a una exposición de pintura en un pequeño local, pero sólo conocía al pintor.

Después de unos segundos nos bajamos del tren y salimos del metro. No sabía ni en qué barrio estaba. Acompañe al chico cordobés por unas calles empedradas y estrechas hasta un pequeño local del que salía mucha gente. Sacó su invitación y pasamos. Nadie hablaba español. Todos vestían de negro, lo que era magnífico para el artista ya que los exuberantes colores de las pinturas resaltaban como el destello de un rayo en una noche de tormenta.

Nos acercamos al primer cuadro. Justo cuando iba a hacer una interesante reflexión artística, por supuesto para intentar quedar bien aunque no entendía de pintura, el chico me dijo que había visto a una chica con la que había roto y salió de allí casi corriendo. Sin tiempo a reaccionar, me quedé plantado frente al cuadro sin saber qué hacer. Volví a mirar el lienzo y me percaté de que los dibujos reflejaban la vida cubana. Sobre todo porque en una esquina ponía: La Habana.

-¿Te apetece tomar algo?

Me giré y era un chico con un gorro de colores con acento francés.

-Venías con Gerardo, ¿eres español no? Ni siquiera me ha saludado, ¿por qué se ha ido?

-Creo que ha visto a una antigua novia con la que no quería encontrarse.

-Vaya tío…

Después unos instantes comprendí que se trataba del pintor. Me explicó que había vivido unos años en Cuba y por eso hablaba algo de español. A los cinco minutos, al ver que no tenía intención de comprar nada se fue y volví a quedarme solo.

Roberto salió del local y la encontró. Intentaba entrar en la exposición sin invitación. También estaba sola y hablaba con un acento francés inconfundible, era española. Intervino en la conversación para explicarle que no podría entrar sin invitación, pero que si quería él podía contarle lo que había visto. La chica no opuso mucha resistencia ante la invitación de su salvador.

Roberto me salvó. Después de tantos días buscando algo que recordar de París lo encontré a él. Al irnos del local sacó una pequeña caja de música y me dijo que la música le había llevado hasta mí.

Aquella noche andamos por cientos de calles de las que no recuerdo el nombre. Sólo aquella música. Lo único que me quedó de él. Al hacer la maleta, por la mañana, metí su número de teléfono entre otros papeles que extravié en el viaje de regreso a casa.

Cuando llegué a Málaga me pasé dos meses intentando descubrirlo paseando por alguna calle o tomando un café con unos amigos. Aunque no volví a verlo.

La describí a todos los que conocía. Se llamaba María, también vivía en Málaga… Al tiempo comprendí que no me había llamado porque aquella noche tan especial no había significado nada para ella. Hasta que vi aquella exposición de Francia en un museo.

Entré en la sala y sonaba nuestra canción en un pequeño apartado dedicado a los grandes éxitos franceses. Me adentré en la estancia y alguien me golpeo suavemente en la espalda: “La música que te ha vuelto a traer hasta mí”.

A suertes

Cara o cruz: la moneda giran sobre la madera negra de la barra de un bar. Su movimiento se refleja en el barniz, en la pared de cristal y en las pupilas de quien acaba de lanzarla. La escena se produce simultáneamente en dos locales distintos de la misma ciudad. Javier acaba de apostar consigo mismo que si sale cara dejará su trabajo para realizar su sueño de ser cantante. Incluso si tiene que empezar tocando en la calle. Sincrónicamente, Lucio arroja la moneda que danzaba en sus dedos sobre el negro tapiz acrílico de la barra de otro local. Acaba de ganar mucho dinero, más bien no lo ha perdido. Ya que su apuesta consistía en que le dejaría a un amigo los ahorros de toda su vida para intentar salvar su negocio.

La moneda da una vuelta. El barniz refleja el devenir de Javier. Sobre el metálico esmalte se asombra un chico rubio de ojos marrones de 28 años. Lleva dos trabajando en una empresa de compraventa de los derechos de distintas propiedades intelectuales. Sus afiladas facciones se asemejan al “1” del euro que bendice la existencia de la suerte en su mágico baile. Delgado como un palillo y de nariz precozmente adelantada a cualquier situación en un par de segundos, enturbia sus delgados labios en un mejunje etílico. En la pintura de la barra se aprecia tímidamente el número, el palo del uno coincide perfectamente con el hocico del chico. La parte dorada de la moneda revela la mirada de la camarera, que contempla perpleja otra modalidad de entretenimiento de un borracho en un bar. Al coincidir exactamente con la parte exterior del metal, los ojos negros de la trabajadora se inmutan en unas achinadas lunas de color miel.

Javier retiene las consecuencias de la jugada y opta por salir de allí para festejar su victoria. Realmente quería que saliese cara, desea ser músico. Siempre quiso serlo. Desde pequeño estudió solfeo y tocaba la guitarra. Ni él mismo pensó que al final aquello le llamase tanto la atención. Tras su paso por distintos grupos de rock siguió estudiando Derecho hasta que terminó en la empresa en la que trabajaba. Un camino con el que nunca soñó. Sabía que su vida era la música. Y que si seguía por esa línea comenzaría a tener necesidades de las que realmente podía prescindir. Una vez que estuviese bien acomodado a una serie de caprichos, nunca más se plantearía si sus sueños valían el sueldo que le pagaban o lo que tendría en un futuro. Buscó el primer garito que vio abierto y se introdujo como un sobre bajo una puerta. Deslizándose con noticias: dejaría de forma paulatina su trabajo. Tenía que pagar algunas deudas ineludibles como el crédito que sus padres pidieron, sobre la hipoteca de la casa, para pagarle los estudios. Además de las letras del coche que se había comprado. Pero empezaría tocando donde fuese por un par de monedas. Una guitarra y su voz para un público difícil eran un buen principio para saber lo que es empezar desde abajo. Desde los sueños como única savia. Luchando contra los acontecimientos que atañen al devenir y no ser un alma en pena por no haber luchado.

Lucio deshace la noche entre palabras malditas que profanan la amistad y consagran la buena vida. Su rechoncha figura no alcanza a ser silueteada por la cara de la moneda que ahora apunta a la incipiente alopecia que marchitó sus ganas de ser joven a sus 45 años. El monarca español atisba sus pupilas en el iris de Lucio. Al tiempo que éste relega sus últimos sorbos de anís al aséptico vaso de plástico que le acaban de dar para que se beba su líquido portento de valentías de cobardes fuera del local. El espejo de la pared de la barra refleja las botellas y la cabeza cabizbaja del jugador observando la moneda. El las milésimas de segundo que pasan entre que decide girar por la inercia, todo queda marcado en el anverso de la moneda. Al tiempo que se bambolea, consigue aparcar su cuerpo en otro lugar cercano. Anda 50 metros hasta una especie de discoteca. Su amigo necesita realmente el dinero porque la empresa está al borde de la quiebra. Pero sus ahorros le permitirán montar su propio negocio y dejar a un lado su aburrida vida de administrativo en el juzgado. Justificándose, penetra en la penumbra del incesto alcohólico de la noche profunda. El portero ignora que tiene el doble de la edad de la mayoría de los jóvenes que entran en la discoteca porque sabe que consumirá.

Lucio y Javier bailan en mitad de la pista. Javier encadena unos movimientos más acompasados, dentro de su tremenda alucinación destilada. Lucio encaja los avatares de las nuevas tendencias con sosiego y esgrime tímidos gestos que reconoce anticuados. Aunque le da igual, piensa que es demasiado viejo para sentir vergüenza por nada. Durante un instante ambos jugadores entrecruzan sus miradas. La camisa blanca de rayas azules de Lucio es un reclamo momentáneo de las atenciones. La camisa azul de franela con cuadros negros de Javier tampoco pasa desapercibida. En una especie de conexión, reconocen el estado de fervor solitario del otro y comienzan a bailar juntos.

Javier acaba de tocar su última canción de la mañana. Es su día de descanso y se refugia en una callejuela donde muestra sus dotes musicales. Un barrio bohemio en el que encuentras y ves de todo. Al tiempo que oxida las cuerdas de su guitarra acústica metiéndola en una funda mojada, observa como una chiquilla de unos 15 años acompañaba a un chulo hasta una esquina. No parece mala niña. Intuye la crónica de una vida truncada y decide que es demasiado pequeña para no optar por mejores sueños. Durante unos minutos ve como el tipo desaparece en un portal, tiempo en el que actúa en firme.

Se acercó a la chica y le preguntó de dónde era y qué edad tenía. Cuando respondió que de la ciudad, pero qué le importaba a él y a qué venían tantas preguntas se hizo pasar por policía.

La chica confesó arrepentida que sólo quería sacarse uno euros. Que sólo tenía que hacerle un favor oral a un señor mayor. Así que la tomó del brazo y salieron del callejón tan rápido como pudieron. Le pidió su dirección y encajaron una serie de apreciaciones antes de llegar al domicilio.

Lucio abre la puerta. Javier esclarece su estratagema rápidamente. La hija del orondo y bigotudo señor parece un ángel junto a un amorfo querubín.

-Gracias.

-De nada.

-De verdad. Gracias. Dime que puedo hacer por ti. Acabas de salvar a lo que más quiero en este mundo.

-No es nada, hoy por ti y mañana por mí. Es que no me gusta ver cómo se aprovechan de las niñas.

-Si alguna vez tienes algún problema. ¡Lo que sea! Vienes y lo solucionamos.

-¿Cómo te llamas?

-Lucio. ¿Y tú?

-Javier.

El euro titubea sobre su canto y desdibuja a Javier junto a la funda de la guitarra con dos monedas de 20 céntimos que le acaban de tirar después de tres horas tocando. Su empresa acaba de cerrar porque ha quebrado. Los trabajos que aparecían en cada esquina se han esfumado tras la cortina del teatro burlesco de las casualidades. Su sonrisa ridiculiza la pobre expresión del perdedor. Un abogado que ha terminado cantando por dos monedas en una calle llamada “Suerte”. Al final de la acera atisba una figura conocida.

-¿Lucio?

-¿José?

-No, Javier.

-Sí, Javier. Perdona, tengo mala memoria.

-¿Qué tal tu hija?

-Bien. Más centrada. Pero disculpa, es que tengo un poco de prisa.

-Un momento. ¿Te acuerdas de lo que me dijiste? ¿Aquello de que si tenía un problema acudiese a ti? Necesito un trabajo o dinero. Perdí el empleo a y mis padres también perderán la casa si no pagan los plazos de un crédito que pidieron. Con la pensión sólo les lleva para comer. En realidad, desde que se jubilaron yo era el que pagaba el préstamo todos los meses.

-¿No sacas nada con la música?

-La verdad es que no saco ni para el autobús.

-Lo siento, pero no te puedo dejar nada ahora. Le presté todo lo que tenía a un amigo para que reflotase su empresa. Soy un simple funcionario que no gana más que para sobrevivir. Ni tampoco conozco a nadie que pueda darte trabajo. Si al menos la empresa de mi amigo fuese bien podría llamarlo, aunque habrá que esperar.

El euro retumba contra la barra en un viaje casi finito. Todavía tan rápido que impide dilucidar la imagen de qué cara saldrá, sosteniendo la atención de Lucio. Su dinero de toda una vida. Ahorros que en realidad no sabe en qué gastar. Ni siquiera tiene una excusa para negarle el préstamo a su amigo de la infancia. Por eso espera que salga cara, así no tendrá que dejarle el dinero. La razón se la podría inventar después. El nervioso movimiento del círculo metálico reestablece las conexiones de su atención. Las luces de los focos impactan en el plateado dado y reestructuran las imágenes que guarda de su infancia junto a Daniel. Verde, azul, ahora rojo. Unos pequeños destellos de color sobrepasan su blanca cara, un fotograma lumínico regalo del pequeño espejo metálico que rota sobre su eje manteniendo el equilibrio. La moneda está quebrada de muerte por la fuerza de un destino que la llevará a caer sobre una de sus dos caras. De repente, la sala entera enmudece, todos parecen estatuas, nada existe excepto aquel instante. Lucio y la moneda. Cae. La cara de la moneda es: cruz. La coge sin más, le da la vuelta y la deposita otra vez sobre la barra. Ahora es cara. Pide un trago de algo fuerte y decide que ha perdido. No podrá dejarle el dinero a su amigo. Tal vez tenga que utilizarlo para olvidar que maltrata a su hija cada vez que se emborracha porque no encuentra sentido a la vida.

Javier llora junto a sus padres. Acaban de perder la casa. El banco les da tres días para desalojar la vivienda. La cruz relega la imagen de un cantante de los años 60 de un cuadro de una pared, instantes antes de perderse bajo la realidad del bar y del resultado. Acaba de salir cara. Dejará la empresa, poco a poco, para ir dedicándose a la música. Claro que antes devolverá el dinero que sus padres pidieron al banco, hipotecando la casa, para pagar sus estudios fuera del pueblo. Aunque ahora no tiene dinero para terminar de solventar la deuda. La empresa quebró y no cobró ni el último mes. Nadie puede ayudarle. Sus últimos instantes de felicidad se acaban en la tienda de música en la que vende la guitarra. 12 minutos antes de que llegue el autobús que le llevará al pueblo de su infancia, para vivir junto a sus padres en casa de sus tíos. Allí trabajará en el campo de por vida. Ya que no es capaz de olvidar que sus progenitores han dado hasta su futuro por una vida que nada tendrá que ver con lo que prometía. Tres minutos antes de que llegue el autobús se encuentra con su antiguo jefe. También lo ha perdido todo, hasta el coche. También está a punto de irse a su ciudad natal para ver si consigue rehacer su vida.

-¿Qué pasó con la empresa?

-Teníamos pérdidas. Necesitábamos una pequeña inyección de dinero y hubiésemos aguantado hasta conseguir la cuenta de aquel cantante pop tan famoso.

-Pues vaya. No es que yo haya perdido todo, es que mi familia dependía de mí y también lo han perdido todo.

-No sé qué decir. Mi mujer me ha dejado y se ha ido a casa de sus padres con los niños. Si entro en el banco ahora son capaces de llamar a la policía para ver si llevo algún céntimo que pueda devolverles.

-¿No tenías ningún amigo que pudiese dejarte el dinero, a parte del banco?

-Sí. Mi amigo de la infancia Lucio. Pero el pobre tiene muchos problemas y no tenía ahorrado casi nada. Me contó que había ayudado a un chico que salvó a su hija de un gran problema, no me preguntes de qué, y que le dejó mucho dinero. Lucio es una gran persona.

-¿Lucio? ¿Se llama Lucio? ¿Regordete, calvo y con bigote? ¿Y su hija es alta con el pelo rizado y muy blanca de piel? De unos 15 años de edad.

-Sí.